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Campeón 1984

Compartimos las vivencias desde la tribuna de nuestro “corresponsal” Hugo Frasso.

Por segunda vez en mi vida, un ataque de colitis me amargó la noche por culpa de Argentinos Juniors. En mis frecuentes visitas al baño la noche previa al partido con Temperley repasaba mi extensa campaña de hincha y la conclusión era siempre la misma: Dios era hincha de Argentinos. En primer lugar porque difícilmente sus simpatías estuvieran del lado de los poderosos. En segundo lugar, porque siempre se había mostrado generoso con nosotros, futbolísticamente hablando. Durante mi infancia, el sueño del ascenso a primera fue un deseo concedido; más tarde nos apretó sin ahorcarnos nunca: nos jugamos mil descensos y nunca nos abandonó. Siempre zafamos. En mi anterior ataque de colitis, en 1981, la guadaña pasó más cerca que nunca. Aquella vez dependíamos de un milagro esperando que San Lorenzo -nada menos- descendiera en lugar nuestro. No sé cómo se las arregló, pero lo hizo. El milagro se produjo. Esta vez no podía fallar. Era el logro máximo, el resarcimiento por tanto sufrimiento mirando siempre la tabla desde abajo. Ahora la fiesta podía ser nuestra. Aunque fuera por única vez.

La hora del partido no llegaba nunca. A la una de la tarde, mal dormido y peor comido, estaba en Juan Agustín García y Boyacá acompañado por mi mujer, ambos con los gorros de Dale Campeón encasquetados hasta las orejas. Ella, debutante absoluta como público de fútbol pues en su vida había pisado un estadio. Desde allí partimos en caravana hacia Caballito junto a una muchedumbre compuesta por los de siempre más los agregados, los que venían después de treinta años para estar presentes en el inédito acontecimiento. Me aterrorizaba pensar en el regreso si algo salía mal.

Entramos a la cancha dos horas antes del partido. Ya no cabía un alfiler. Descubro que Argentinos tiene más hinchas que los que se suponía. Empieza el partido con un marco impresionante. A nadie le importa si se juega bien o mal. Importa conseguir un objetivo que parece frustrarse cuando llegan noticias desde La Plata: gol de Ferro. Silencio total seguido de un aliento redoblado. Casi enseguida, penal para Argentinos. ¡Por amor de Dios, Olguín! ¡Respirá hondo y concentrate que el campeonato está a tus pies!.... ¡Gooooool….! ¡Vamos Bicho todavía!

Segundo tiempo. Otra vez noticias de La Plata ¡Gol de Estudiantes! ¡Que todo termine ya! Temperley es un duro rival que presenta una oposición que no esperábamos. ¿Cuánto falta? ¿Cuatro minutos? Pero… ¿Qué hacen esos? ¿¡Van a saltar!? ¡Que los paren, por Dios, que nos pueden quitar los puntos! La marea humana invade la cancha sin esperar el pitazo final y el partido se suspende. O termina ¡Qué sé yo! No me atrevo a festejar. Muchos otros tampoco. El final inesperado nos desconcierta. Habrá que esperar a la noche para saber. Seguramente Ferro va a exigir que se jueguen los minutos finales. Horas más tarde, la televisión muestra las caras sonrientes de jugadores, dirigentes y allegados festejando el campeonato. Los diarios del día

siguiente elogian al nuevo campeón sin que se haga mención a cuestionamiento alguno por parte de nadie. Ahora sí: ¡Argentinos campeón de Primera División 1984