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La cima del mundo

A 32 años de la inolvidable final Intercontinental contra la Juventus de Italia.

Sueños
¿Sueñan los jóvenes idealistas de principios del siglo XX con una Copa Intercontinental? ¿Piensan estar algún día a la altura de los titanes del Primer Mundo? ¿O se conforman con crear una asociación que apuntale el desarrollo de su comunidad? Tal vez ellos tenían una idea que los movilizaba, y era la de tener un espacio en el que compartir el fútbol (porque ellos no jugaban el football propio de ingleses y cajetillas, que aún afloraba en otros barrios), ese que los distraía de sus penurias y despejaba sus atribuladas cabezas de las luchas y las faenas cotidianas. Quizás el fútbol lindo, de toque, de ataque y de asociación (sobre todo de asociación, en todo el sentido de la palabra) que tanto les gustaba fuera suficiente aliciente como para unirse y trascender. ¿Y si esas herencias (la institucional y la futbolística) se mantuvieran inconmovibles por décadas, a pesar de los vaivenes? ¿A dónde nos podrían conducir?

Trayectoria
El camino no sería fácil. Tuvieron que pasar más de ochenta años, con idas y vueltas entre ligas, federaciones y asociaciones. Pasó el período amateur y llegó un profesionalismo que traía consigo tantas promesas como incertidumbres. ¿Qué suerte correrían los más humildes de la Primera División? Ciertamente, una que estaba plagada de sinsabores, desafíos y dificultades. Desde la incomprensible obligación a compartir camiseta con un rival de siempre hasta la desazón del descenso. Barajar y dar de nuevo. Volver a las bases. Siempre. Hubo que esperar hasta ser el mejor indiscutido para poder retornar al sitio de pertenencia. Jugando lindo, goleando y gustando. Haciendo de a cinco goles por partido. Forjando una localía de esas durísimas, a la que se iba con temor a ser “bailado”. La pasta de campeón. Una herencia indeleble. Fieles a nuestra identidad se pudo.

Y de esa manera pasó poco tiempo hasta que volvimos a hacer ruido en la Primera. Con un equipo que sigue saliendo de memoria más allá del paso del tiempo, acariciamos la gloria en 1960. Se ve que todavía no había llegado el momento. Pero algo aún estaba ahí: esa forma de jugar donde primaban el talento y la valentía de proponer siempre, yendo al frente contra todos en cualquier cancha. Ya no era casualidad. Era el testimonio de nuestra identidad. ¿Cómo se la detectaba? Muy fácil: de obedecerla, le pintábamos la cara a cualquiera. De darle la espalda (por el motivo que fuera), estábamos pensando en cómo sobrevivir. Algunos iluminados comprendían y defendían a rajatabla ese ADN. Por eso es que uno de los más leales a la causa (eternamente gracias, Don Francis) pudo traer al mejor de la historia a formarse acá. ¿Dónde iba a estar mejor que en un lugar donde el buen fútbol es el aire que respiramos? Diego fue nuestro antes y después, máxima expresión de ese ideal irrenunciable. Y de nuevo acariciamos la gloria. El momento iba a llegar, no había dudas. Y, a la manera de los relatos sagrados, sería anunciado por la venida de un Ángel. Pero claro, en nuestro caso (¿honrando el recuerdo de nuestros fundadores anarquistas tal vez?) vendría un Ángel del fútbol, ese que luchaba a destajo contra toda la franela del tacticismo y el juego amarrete. ¿Quién mejor para marcarnos el camino?

“...que de la mano…”
Es lindo ser bueno en lo que se hace. Pero, más allá de eso, existe la gloria. Ser el mejor, plantarle cara a todos y salir adelante. Como pasaría finalmente en 1984. ¿De la mano de qué? De la mano de lo que marca la historia. El equipo, esa gran familia que

los miembros del plantel aún recuerdan con brillo en los ojos, estaba respaldado por una sólida tradición que se remontaba a ochenta años atrás. Y los logros, tanto tiempo esquivos, empezaron a caer uno tras otro. ¿Cuál era el límite? Para el hincha no existía. La confianza no se negociaba. ¿Incluso ante uno de los mejores equipos de la historia? Por supuesto.

El cénit
En 1985, y durante los años centrales del auge de la liga italiana, uno de los mejores y más populares equipos de ese país debió darle media vuelta al mundo para dirimir mano a mano la corona de campeón Intercontinental ante un humilde pero bien plantado cuadro argentino. Juventus, Vecchia Signora del Calcio, daba espectáculo cotidianamente de la mano de sus futbolistas estrella Laudrup y Platini, respaldados por algunos campeones del mundo en 1982. ¿Demasiado para hacernos renunciar a lo que creíamos? Jamás. Nunca nos olvidemos que en la cancha siempre -pero siempre- son once contra once. Y así quedó demostrado en el partido.

No fuimos a ponernos de rodillas y evitar ser goleados como otros han hecho más acá en el tiempo. Fue una final entre dos equipos que ese día se recibieron de grandes. Brindaron un espectáculo tan memorable como rezan las remanidas crónicas (que no vamos a repetir aquí), donde la diferencia fue tan exigua que debió definirse desde los doce pasos. Doblegamos a uno de los mejores equipos de la historia haciendo lo que ella indica en nuestro caso: pelota al piso y a atacar. A ganar jugando. Vení, Juventus, dame un abrazo: los bichitos te quieren bailar. ¿Irreverencia? Para nada: había que hacer gala de la tradición que nos condujo hasta ese sitial.

Salir campeón vale mucho, y ese plantel de Argentinos puede dar fe de ello. Pero quedar en la historia del fútbol es algo que sí es incomparable. Y eso se logró porque nuestra premisa fundamental fue nunca dejar de lado qué es Argentinos Juniors: un equipo que se distingue por su buen fútbol y por sus buenos futbolistas. ¿Habrán soñado los fundadores con la Copa Intercontinental? No lo sabemos. Pero de lo que sí estamos seguros es de que su sueño y sus legados (el institucional y también el deportivo) fueron la brújula que nos condujo hasta la cima del mundo.